Uno de los clichés nacionalistas del mundo audiovisual español pasa por vanagloriarse de la altísima calidad de los doblajes que se hacen. «Tenemos (sic) los mejores actores de doblaje del mundo», dice quien por alguna dudosa metonimia se convierte en dueño y compadre de una serie de personas a las que no conoce de nada. Pero eso no es lo importante. Lo importante es que es una tontería de magnitudes mastodónticas. Sandeces, estupideces. Rubbish, que se diría al otro lado del canal de la mancha.

Aquí traigo un ejemplo. Hace unas semanas me reenganché a los Soprano (hace un año y pico vi dos temporadas y media, para luego parar debido a imponderables y dejarlo en barbecho todo este tiempo). Esta noche, un capítulo de mediada la cuarta temporada ha dado problemas y a falta de un par de minutos se ha quedado bloqueado, así que he tenido que buscar una solución para ver ese par de minutos en alguna parte, y lo he encontrado online sin mucha dificultad. Eso sí, doblado al español.

Qué dolor de oídos. ¿Qué clase de director artístico escucha una voz que parece salir de la garganta de un Tom Cruise guaperas, seductor, y veinteañero y piensa «ésta es la voz de Tony Soprano (cuarenta y tres, rudo como él sólo) en español»? ¿Qué clase de profesional del doblaje propone una voz como ésa y se queda tan ancho?

Han sido los dos minutos más desastrosos de las cuatro temporadas que llevo vistas. Ah, la gran industria española del doblaje, «la mejor del mundo». Y para colmo hay quien te lo dice convencido de ello. Convencimientos estúpidos, claro, ya lo dijo Shaw.