Gabo en el El País, año 1981:

Los cubanos han demostrado, entre otras muchas cosas, que se puede vivir sin coca-cola a noventa millas de Estados Unidos. Fue el primer producto que se acabó con el bloqueo, y hoy no queda ningún vestigio de su pasado en la memoria de las nuevas generaciones.

Un escritor cubano de paso en París encontró por casualidad una botella de coca-cola extraviada de Marruecos, con el célebre logotipo en caracteres árabes. El escritor compró la botella por curiosidad para llevársela a La Habana, y al llegar se la mostró alborozado a su hija de quince años. La niña miró perpleja la botella sin comprender los aspavientos de su padre. “Mírala bien”, le dijo él, “es una botella de coca-cola con letras árabes”. La niña, todavía más perpleja, preguntó: ¿Y qué es coca-cola?

Parece que la tiranía del capitalismo se reflejaba en la forma de la botella:

el Che Guevara, con su asombrosa claridad política, les replicó que el símbolo del imperialismo no lo era la bebida en sí misma sino la forma de la botella. (…) Las mentes más cuadradas pensaron en destruir las botellas existentes para exterminar el germen. Sin embargo, un cálculo más sereno demostró que las fábricas de botellas de Cuba tardarían varios años en sustituirlas por otras de forma menos perversa, y los revolucionarios más crudos tuvieron que resignarse a utilizar la botella maldita hasta su extinción natural.

Los sueños de la razón producen monstruos. Gabriel García Márquez es capaz de escribir maravillas. Y también es capaz de escribir propaganda de la más burda.

No sé si me produce más pena el intento desesperado de vender como éxito de la revolución lo que no es sino una pérdida injustificada (si no quieres coca-cola, sencillamente no la consumas tú, pero deja que otras personas sean libres de beberla) o si el hecho de que el supuesto éxito sea completamente falso. Tuve una compañera cubana (no habanera, sino de Santiago) en Málaga. Llegó ahí para estudiar su doctorado y el primer día, en el primer almuerzo, ya pidió una coca-cola. Y posteriormente cada día pidió una durante años. Mi anécdota no sucedió en el 1981, sino después. Pero creo que hay indicios para pensar que el bueno de Gabo se dejó llevar por eso que los malvados sajones llaman «wishful thinking».