Dice el presidente del Instituto Cervantes, citado en el El País que:

“El fascismo”, prosigue De la Concha, “cambió el lenguaje para dar idea de camaradería” y los regímenes totalitarios “tratan de borrar ciertas palabras”. “Somos lengua, un Estado es lengua, de ahí que la cultura no sea un adorno, sino algo que nos constituye y nos hace”, añade.

Y ahí, en contra de las imposiciones totalitarias está él, defendiendo que ahí afuera el vulgo habla un español zarrapastroso y abogando por cuidar estas cosas, que en ellas va el Estado. Y dice hacerlo para evitar lo que hacen los regímentes totalitarios, ahí es ná. Fue a hablar de putas La Tacones, que dicen por ahí.

Con un par. Como persona que no habla castellano (y a mucha honra) sino esa variedad del español que se habla al sur de despeñaperros, me queda la duda de si éste fascistilla lingüístico escucha algo que no salga de la boca de un salmantino y las ve como un acto zarrapastroso. Y no me queda la duda, claro, de qué opinará sobre los trillones de personas que hablan este idioma y tienen otras sensibilidades en otros continentes (de entrada, España y su Estado se la sudan, vamos; y hacen bien).

Pero claro, qué podemos esperar del presidente de una institución destinada a promocionar al Estado bajo un manto de cultura; de un señor que defiende la lengua como hace 500 años Antonio de Nebrija defendía su gramática uniformizante: como un instrumento para la unidad del reino, que se adentraba en tierras lejanas y ofrecía con esta gramática una herramienta a los colonos con la que enseñar un idioma uniforme a los indígenas que se aventuraban a doblegar.

Así que nada, seguiré hablando zarrapastrosamente, aunque ahora sea tan sólo para que este señor no duerma tranquilo del todo.