Ad Astra Errans

Tuve muchos nombres que ya nadie recuerda

Buambulancia

Los jóvenes están sobrecualificados. Es agradable de oir porque externaliza la responsabilidad. Yo estudié, ahora quiero mi queso. Ése es el mensaje implícito. ¿Dónde está mi trabajo fijo? ¿Dónde mi vida gratis por la cara?

Probemos a darle la vuelta al argumento: no es que tus jóvenes estén sobrecualificados, ni infraremunerados, ni todas esas mentiras complacientes. Y, ¿si la realidad fuera otra? Porque el ingeniero en paro está en paro porque el tejido industrial no es capaz de absorberlo e incorporarlo.

Sin entrar en matices nada desdeñables como para qué dices estar sobrecualificado. ¿Para crear tu propio empleo? Eso imagino que no, porque de lo contrario, ya lo habrías creado. ¿Para llevar a cabo tareas no repetitivas que requieran soluciones creativas y/o innovadoras?

Por último, un tejido industrial que sólo incorpora mano de obra genérica, para tareas no cualificadas (o pobremente cualificadas), es un tejido industrial subdesarrollado. Ahora bien, es muy difícil aguantar en pie frente a esa realidad. Mola mucho más negar este enfoque, insistir en el mito de la sobrecualificación y, por supuesto, reclamar un status quo inmovilizante.

Todo ello ante la estúpida esperanza de que la inacción podrá detener el derrumbe.

[Lo más divertido es que el enlace a la Voz de Galicia lo encontré ad hoc, buscando referencias antiguas al tema… encontré que esta semana no se ha hablado de otra cosa en esos diarios que no leo regularmente. Hay temas que son asquerosamente previsibles.]

En julio pasado hablábamos de las hamburguesas de autor como de ese nuevo producto destinado a saciar a aquellos que quieren comer diferente pero ya no tienen la posibilidad de gastarse 30-35 euros por cubierto en una cena casi de rutina. Si alguien dudaba de que los tiros iban por ahí, VIPS presenta H3, su nueva cadena de hamburgueserías gourmet (CincoDías). Oh sí, las hamburgueserías son los nuevos japoneses. Y ojo, que lo digo sin acidez, soy partidario de aquello que cantaba Shannon Hoon (Change); soy todo objetividad (o eso me gusta creer).

De un tiempo a esta parte no oigo más que hablar de más y más sitios de «hamburguesas de autor» en Madrid. Ojo, no es que me parezca mal: me parece una maravilla.

La lectura importante es otra: donde antes había un resto-bar con pretensiones y tapas cursis a 6 euros ahora hay hamburguesas de autor, algo más caras que una hamburguesa normal, claro está, pero grandes y mucho más baratas que ir a cualquier sitio-de-comer de autor del que hubieran oído hablar en 2008.

Es la nueva realidad: comida barata vendida con ínfulas a un público que necesita, y está bien, seguir creyendo en algo. Y seguro que el modelo es replicable más allá de la carne picada.