Hace cosa de un año hablamos por aquí de un artículo publicado en 1999 titulado Unskilled and unaware sobre la incapacidad de comprender que no tenemos ni idea (de algo) precisamente porque nos falta la base mínima para evaluar nuestro (des)conocimiento (de ese algo).

La paradoja de no tener la base mínima para ser crítico (para empezar, críticos con nosotros mismos) precisamente por la falta de base se desmorona ante la llegada de input externo que nos ayuda a adquirir el mínimo conocimiento para poder navegar por nuestra cuenta.

Pese a los muchos trabajos que han hecho referencia al «efecto Dunning-Kruger» (que es como se llama a este fenómeno de «no saber que no sabemos nada»), uno de los más interesantes parece ser un trabajo de Ames y Kammrath del año 2004 (aunque yo acabo de descubrirlo) y que viene a separar las habilidades entre las cognitivas y las metacognitivas. Grosso modo, separan el saber hacer y el saber evaluar.

Pero de todo ello hablaremos en otro momento. Por ahora nos quedamos con una pequeña consecuencia de ese trabajo: no es que no tengamos ni idea y por eso nos contemplamos como habilidosos capitanes de barco aunque vayamos a la deriva. Es que nos contemplamos como habilidosos capitanes de barco porque no tenemos ni idea de cómo lo hace un verdadero capitan y porque no tenemos ni idea de cómo evaluar nuestra propia (in)capacidad. Somos pues, doblemente inútiles.

Obviamente, esa paradoja se rompe si recibimos y procesamos las señales externas que nos indican que estamos pecando de atrevidos. Pero esas señales no tendrán efecto si estamos cerrados a todo feedback, si decidimos ignorarlas. Menos efecto aún si la cerrazón proviene de la primera derivada del efecto Dunning-Kruger: no escuchar señales porque creemos que no las necesitamos. Quedamos así convertidos en una especie de Titanic psicológico, una bomba de relojería a la espera de encontrar nuestro iceberg, ése que cumpla nuestro destino y nos envíe al fondo del mar.