Ad Astra Errans

Tuve muchos nombres que ya nadie recuerda

Él fue el primero en montar una familia punk, y dicen que era falso como los billetes de 13 euros:

En sus declaraciones, Westwood asestó una última puñalada al considerado ideólogo del punk: “No estaba interesado en las ideas, simplemente, en ser superior a los demás. Necesitaba el éxito”.

La verdad es que la historia recuerda a Sid (incluso desde dentro del sistema, el niño malo de Toy Story se llama Sid), y no a él.

Hay cientos de ellos. Buscaban la superficie esta mañana, en Recoletos. En silencio, inexpresivos, mugiendo levemente mientras se pisan los talones con los auriculares puestos. Ya no cabe duda: es una invasión zombie.

El 21 de marzo tiene la virtud de ser equidistante en este planeta caprichoso. ¿Es el invierno que se aleja o que se acerca? ¿El verano, dónde está el verano el 21 de marzo? ¿Es futuro o pasado? ¿Bajo que constelación das las buenas noches? Lo cierto es que es una fecha para no recordar. O al menos eso creo yo, que crecí junto al mar en una cultura que celebra el solsticio de verano como la noche más grande del año (y también la más corta). A su lado, languidece la llegada de la primavera (o del otoño), según lo que vean cuando miren al cielo.

En julio pasado hablábamos de las hamburguesas de autor como de ese nuevo producto destinado a saciar a aquellos que quieren comer diferente pero ya no tienen la posibilidad de gastarse 30-35 euros por cubierto en una cena casi de rutina. Si alguien dudaba de que los tiros iban por ahí, VIPS presenta H3, su nueva cadena de hamburgueserías gourmet (CincoDías). Oh sí, las hamburgueserías son los nuevos japoneses. Y ojo, que lo digo sin acidez, soy partidario de aquello que cantaba Shannon Hoon (Change); soy todo objetividad (o eso me gusta creer).

Llevo toda la vida pensando que una bancarrota es una catástrofe, que sume a las personas en la miseria y les hace perderlo todo, disparando todo tipo de desórdenes que dan lugar, en ocasiones, al caos absoluto. Un error, claro. Por carencias como ésa no soy ministro alemán de economía. Y es que, una de dos: o soy de ésos con un lóbulo frontal en baja forma o, todo lo contrario, éste se extralimita en sus funciones y por eso me empeño en hacer una lectura irónica de la bancarrota ordenada griega que éste señor ve como algo posible y, para más inri, parece no ser tan terrible como una bancarrota cualquiera. Se intuye de sus palabras, si no me equivoco de nuevo (que todo puede ser), que para quienes usan la misma divisa que el sujeto que se arruina (eso sí, ordenadamente) podría ser hasta bueno.