Llevo toda la vida pensando que una bancarrota es una catástrofe, que sume a las personas en la miseria y les hace perderlo todo, disparando todo tipo de desórdenes que dan lugar, en ocasiones, al caos absoluto. Un error, claro. Por carencias como ésa no soy ministro alemán de economía. Y es que, una de dos: o soy de ésos con un lóbulo frontal en baja forma o, todo lo contrario, éste se extralimita en sus funciones y por eso me empeño en hacer una lectura irónica de la bancarrota ordenada griega que éste señor ve como algo posible y, para más inri, parece no ser tan terrible como una bancarrota cualquiera. Se intuye de sus palabras, si no me equivoco de nuevo (que todo puede ser), que para quienes usan la misma divisa que el sujeto que se arruina (eso sí, ordenadamente) podría ser hasta bueno.