Ad Astra Errans

Tuve muchos nombres que ya nadie recuerda

Ayer descubrí con sorpresa y disgusto que se ha puesto de moda atar candados, de esos románticos de enamorados, en el puente que cruza el río Guadalmedina a la altura del Centro de Arte Contemporáneo de Málaga.

Sorpresa porque es la primera vez que lo vi. Por la cantidad de candados que allí había, entre uno y dos cientos en un puente que potencialmente puede dar cobijo a varios miles de estos artefactos, no debe hacer más de unos meses que algún pionero colgó el primero lanzando, conjeturo, la llave al poco caudaloso cauce del mencionado río.

Disgusto porque apenas he visitado ciudad en los últimos años que no se enorgullezca de tener un precioso rincón en el que los enamorados puedan decirle a la eternidad lo mucho que se quieren, o al menos se quisieron en ese día de conjurar candados a promesas.

En todas las ciudades se replica la fórmula y en todas da esa sensación de falsa tradición, a estas alturas nada imaginativa, aunque bastante kitsch.

Una cosa que me aburre soberanamente sobre Twitter es la nefasta consecuencia (para mi tiempo útil) que tiene la dinámica de propagación de memes. Alguien suelta un chiste, otro usuario al que tú estás leyendo se hace eco. Es tu primer encontronazo con el meme, puede que incluso te saque la sonrisa. Pero horas, días y semanas después el tuit del chiste sigue apareciendo en tu timeline, retuiteado por otras personas a las que la onda expansiva del meme acaba de alcanzar. Y tú te ves leyendo reiteradamente el mismo chiste, o variaciones del chiste, muchas de ellas burdas, meros intentos de tapar el original y ganar algo de karma que no necesitamos. Perdiendo el tiempo con un mensaje que ya has visto demasiadas veces.