Ad Astra Errans

Tuve muchos nombres que ya nadie recuerda

Overthinking It es uno de esos blogs que no me canso de recomendar pero que tiende a escribir posts más largos de lo que me da tiempo a leer en un rato muerto.

Sin embargo, cuando logro leerlo nunca decepcionan con su gran combinación de humor y seriedad al someter a su intenso escrutinio a temas que, para que negarlo, no merecían tanta atención.

Hoy por ejemplo tienen un hilarante post sobre la idiosincrásica relación entre el rock y los signos de puntuación, en el que hablan incluso de la coma de Oxford (me ha sorprendido que ni la U. de Oxford recomiende su uso, porque yo siempre las uso; vamos, que soy fan de la coma de marras.)

Uno a uno, la tendencia está clara: los Estados van a legalizar el consumo y comercio de drogas hasta ahora ilegales como la marihuana. Tras la regulación introducida en Uruguay el pasado año, la polémica en California en el último lustro, ahora es Colorado (EE.UU.) el que avanza en esa dirección.

Hasta aquí, nada sorprendente, la marihuana es un mercado enorme en busca de una marca que uniformice su disfrute igual que Starbucks ha uniformizado (al menos, fuera de Europa) el consumo de café.

Lo sorprendente es que los Estados que llevan años legislando y haciendo campañas de concienciación sobre lo malas que son las drogas argumenten ahora que la legalización es buena porque con los impuestos adicionales se pagarán escuelas públicas. Pues claro, es que eso pudo y debió ser así desde el principio.

¿Por qué digo que debió ser así desde el principio? Porque el tráfico de drogas ha sido cosa de mercados negros controlados por agentes no estatales de corte violento, mafioso, o como lo quieran llamar. Y legalizar ese mercado es la vía más natural para arrinconar a estos agentes no estatales. Ni siquiera entro a discutir si éstos son buenos o malos (por otra parte, al-Qaeda del magreb islámico o el narco mexicano y sus formas requieren poca presentación a estas alturas), sólo entro a evaluar que desde una perspectiva de Estado, la lucha contra las drogas (contra la mafia y todo el estigma que rodea ese mundo) pasaba, desde el primer día, por la legalización.

Parece mentira que con todo lo que se ha escrito sobre los efectos de la ley seca en Estados Unidos, hayan dejado pasar un siglo hasta caminar en la misma dirección con otras drogas diferentes al alcohol.

Ayer descubrí con sorpresa y disgusto que se ha puesto de moda atar candados, de esos románticos de enamorados, en el puente que cruza el río Guadalmedina a la altura del Centro de Arte Contemporáneo de Málaga.

Sorpresa porque es la primera vez que lo vi. Por la cantidad de candados que allí había, entre uno y dos cientos en un puente que potencialmente puede dar cobijo a varios miles de estos artefactos, no debe hacer más de unos meses que algún pionero colgó el primero lanzando, conjeturo, la llave al poco caudaloso cauce del mencionado río.

Disgusto porque apenas he visitado ciudad en los últimos años que no se enorgullezca de tener un precioso rincón en el que los enamorados puedan decirle a la eternidad lo mucho que se quieren, o al menos se quisieron en ese día de conjurar candados a promesas.

En todas las ciudades se replica la fórmula y en todas da esa sensación de falsa tradición, a estas alturas nada imaginativa, aunque bastante kitsch.

Una cosa que me aburre soberanamente sobre Twitter es la nefasta consecuencia (para mi tiempo útil) que tiene la dinámica de propagación de memes. Alguien suelta un chiste, otro usuario al que tú estás leyendo se hace eco. Es tu primer encontronazo con el meme, puede que incluso te saque la sonrisa. Pero horas, días y semanas después el tuit del chiste sigue apareciendo en tu timeline, retuiteado por otras personas a las que la onda expansiva del meme acaba de alcanzar. Y tú te ves leyendo reiteradamente el mismo chiste, o variaciones del chiste, muchas de ellas burdas, meros intentos de tapar el original y ganar algo de karma que no necesitamos. Perdiendo el tiempo con un mensaje que ya has visto demasiadas veces.